Crítica — El testamento de Ann Lee: Amanda Seyfried que estás en los cielos
La segunda película de Mona Fastvold, guionista de "The Brutalist", es un drama histórico con números musicales protagonizado por una figura femenina insólita: la pionera líder religiosa Ann Lee, quien fundó la secta de los Shakers en el siglo XVIII. El film, original y apabullante a nivel técnico, y un tanto agotador y ambiguo a nivel narrativo, tiene en su centro una de las interpretaciones del año: la de Amanda Seyfried, quien encarna, de forma febril y entregándose en cuerpo y alma, a la mística protagonista.
María Adell Carmona
12 de marzo 2026
El testamento de Ann Lee (The Testament of Ann Lee)
Año 2025
País
Reino Unido
Estados Unidos
Dirección Mona Fastvold
Guion
Mona Fastvold
Brady Corbett
Producción
Kaplan Morrison
4 Little Monsters
Annapurna Pictures
ArtClass Films
Reparto
Amanda Seyfried
Lewis Pullman
Thomasin McKenzie
Christopher Abbott
Fotografía William Rexer
Montaje Sofia Subercaseaux
Música Daniel Blumberg
Coreografia Celia Rowlson-Hall
Distribución Disney
Duración 136 min
Fecha de estreno 13 de marzo de 2026
Género
Drama histórico
Musical
Sinopsis
Inspirada en hechos reales, se centra en la líder religiosa Ann Lee, fundadora del movimiento Shaker a finales de la década de 1770, quien llegó a construir una de las sociedades utópicas más grandes de la historia de Estados Unidos. Los seguidores y las seguidoras de Lee la consideraban el Jesucristo femenino, y sus fieles le rezaban cantando y bailando.
El testamento de Ann Lee (The Testament of Ann Lee)
Año 2025
País
Reino Unido
Estados Unidos
Dirección Mona Fastvold
Guion
Mona Fastvold
Brady Corbett
Producción
Kaplan Morrison
4 Little Monsters
Annapurna Pictures
ArtClass Films
Reparto
Amanda Seyfried
Lewis Pullman
Thomasin McKenzie
Christopher Abbott
Fotografía William Rexer
Montaje Sofia Subercaseaux
Música Daniel Blumberg
Coreografia Celia Rowlson-Hall
Distribución Disney
Duración 136 min
Fecha de estreno 13 de marzo de 2026
Género
Drama histórico
Musical
Sinopsis
Inspirada en hechos reales, se centra en la líder religiosa Ann Lee, fundadora del movimiento Shaker a finales de la década de 1770, quien llegó a construir una de las sociedades utópicas más grandes de la historia de Estados Unidos. Los seguidores y las seguidoras de Lee la consideraban el Jesucristo femenino, y sus fieles le rezaban cantando y bailando.
Resultaría lógico entender El testamento de Ann Lee como una suerte de película-espejo de The Brutalist, pese a que ambas son absolutamente distintas en tono, tema central y objetivos. Ambos films son obra del insólito tándem creativo formado por la cineasta de origen noruego Mona Fastvold (cuya ópera prima fue la escasamente vista El mundo que viene, con Vanessa Kirby, Katherine Waterston y Casey Affleck) y Brady Corbett, que además de colaborar en lo profesional, son pareja en la vida real. Si, en The Brutalist, Fastvold aparecía como coguionista y Corbett dirigía, en Ann Lee se intercambian los papeles, aunque la enorme distancia que media entre una película y otra permite percibir, de un modo muy contundente, el nacimiento (o, más bien, la consolidación) de una directora con una personalidad y una voz muy propia. Como The Brutalist, Ann Lee propone una relectura del mito fundacional de EE. UU. a través del retrato de un personaje de mentalidad revolucionaria situado, obcecadamente, fuera del sistema. Si en el film protagonizado por Adrien Brody, el protagonista era un arquitecto europeo de vanguardia, un emigrante expulsado de su país por la persecución nazi y por la guerra, que acababa estrellándose contra la realidad del "sueño americano", en la película dirigida por Fastvold y liderada por una Amanda Seyfried monumental, Ann Lee es descrita como otro tipo de visionaria: una líder religiosa (en un momento en que las mujeres no ocupaban esos roles públicos) que logra llevar su visión utópica de la sociedad, y de la fe, al otro lado del Atlántico.
Las posibles similitudes acaban ahí, porque, muy pronto, el film de Fastvold se revela como una obra radicalmente autónoma y completamente original, que toma una serie de decisiones arriesgadas que, aunque no siempre acaban de funcionar, acaban convirtiendo la película en un espectáculo fascinante y agotador a partes iguales. La primera de ellas, y tal vez la más evidente, es convertir el biopic de un personaje real, Ann Lee, pionera líder religiosa y creadora de la secta Shaker en el siglo XVIII (su nombre, "los que se sacuden", proviene de sus curiosos rituales, en los que cantaban al unísono mientras se movían de forma convulsa, extendiendo los brazos al cielo, cayendo al suelo o abrazándose entre sí, en una celebración corporal del éxtasis religioso), en un musical de estilo y ritmo inusual. Para ello cuenta con dos colaboraciones de excepción: la del compositor Daniel Blumberg (ganador del Óscar por The Brutalist), quien se basó en himnos reales de los Shakers, actualizándolos en una partitura de corte experimental, y la de la coreógrafa Celia Rowlson-Hall (quien ya había trabajado con Corbett en Vox Lux), creadora de unos números musicales cercanos a la danza contemporánea en los que los cuerpos extáticos de estas personas fanáticas creyentes se retuercen y se funden entre sí, creando complejas composiciones geométricas que Fastvold filma, sabiamente, en hermosos planos generales, muchos de ellos cenitales. El corazón del film reside, sin embargo, en otra colaboradora fundamental: una Amanda Seyfried electrizante, que canaliza la locura visionaria del personaje central, quien se consideraba una reencarnación de Jesucristo, a través de una gestualidad corporal desbordante constituida por espasmos, temblores y sacudidas, sin abandonar nunca la profundidad emocional, visible, por poner sólo un ejemplo, en un momento musical de dolorosa soledad en el interior de una celda. Con su osada interpretación, que ha pasado demasiado desapercibida (no está nominada a los Óscar, aunque sí lo estuvo en los Globos de Oro), Seyfried despliega una pericia técnica (canta, baila y pasa por todos los estados de ánimo posibles) que no da como resultado una performance medida o muy controlada, sino todo lo contrario: su febril encarnación de Ann Lee parece, realmente, más el resultado de una posesión espiritual (sus grandes ojos, siempre abiertos, facilitan esa idea) que de un trabajo de preparación interpretativa o de unos ensayos al uso.