FESTIVALES

Berlinale — Cuando las imágenes toman posición, pero los individuos no

La controversia por la falta de compromiso político ha rodeado el arranque de la 76.ª Berlinale, reflejada en una programación irregular en la que, no obstante, destacan algunas voces femeninas que, consolidadas o recién llegadas, ponen a dialogar pasado y presente, y recuperan la imagen cinematográfica como terreno de contestación.

Daniela Urzola

Cuando las imágenes toman posición, pero los individuos no

Para nadie es un secreto: la segunda Berlinale con Tricia Tuttle a la dirección empezó con el pie izquierdo. Un inesperado fallo técnico asaltaba la rueda de prensa del Jurado Internacional, donde el cineasta alemán Wim Wenders (en calidad de presidente) esquivaba una pregunta sobre el genocidio de Palestina alegando que los y las artistas deberían mantenerse "al margen de la política". Un mensaje que el resto del jurado, guardando silencio, parecía asumir sin problema alguno. El asunto fue creciendo como una bola de nieve cuando estas declaraciones desafortunadas (por decir lo menos) fueron defendidas por Tuttle bajo la bandera de la libertad de expresión. En un comunicado más ambiguo que esclarecedor, afirmó que los y las artistas no tienen la obligación de hablar de lo que no quieren y que la sola programación, con sus 278 películas, ya demostraba un compromiso con la política y la diversidad.

Esto podría sostenerse si entendiéramos el cine político, como al parecer lo hace Berlinale, en términos puramente de representación. La apertura del festival, a cargo de No Good Men, ópera prima de la directora afgana Shahrbanoo Sadat, demostraba que las buenas intenciones no lo son todo. Porque, más allá de algún apunte anecdótico y del destacado trabajo de interpretación de la propia Sadat en el papel protagonista, el resultado es una ficción al uso que incluso tiene más de Europa que del propio contexto que desea retratar. Algo similar sucede con la primera película de la competición, À voix basse (In A Whisper), de Leyla Bouzid, en la que una joven queer vuelve a su Túnez natal tras la muerte de su tío. El retrato de las dinámicas entre las mujeres de la familia, quizás lo único interesante en el film, queda opacado por un discurso que necesita enunciar en todo momento aquello que sus imágenes no logran transmitir. No es un suspiro, es un grito a viva voz, y menos contundente de lo que cree.

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