TEXTOS ELEGIDOS

Virginia Woolf — El cine

Filmtopia cumple dos años de vida y queremos celebrarlo con la incorporación de una nueva sección. Si el año pasado lo hicimos con los Tesoros escondidos, dando la voz a diferentes creadoras para que reivindicaran una película dirigida por una mujer, y con las Profesiones ilustradas, este año nos proponemos descubrir textos originales, buscando en las hemerotecas del cine y del feminismo aquellos escritos importantes, fundacionales o simplemente interesantes de muchas mujeres que nunca se han podido leer en castellano o catalán, o aquellos textos en castellano que han caído en el olvido y vale la pena rescatar.

Virginia_Woolf_1927

El artículo que inaugura esta sección cumple 100 años este 2026. Se trata de un curioso y desconocido escrito de Virginia Woolf sobre el cine, publicado originalmente en The Nation and Athenaeum el 3 de julio de 1926. La escritora intuye claramente todas las posibilidades del nuevo arte, que debe alejarse de la tentación literaria para explorar las inmensas posibilidades que el medio ofrece sin recurrir a la palabra escrita. 

El cine

Virginia Woolf (1926). Traducción Gemma Beltran

Se dice que ya no quedan reminiscencias de cuando éramos salvajes [1], que vivimos los últimos momentos de la civilización, que todo ya está dicho y que es demasiado tarde para ser ambiciosa. Pero parece ser que estos filósofos y estas filósofas han omitido las películas. Nunca han visto a los y las salvajes del siglo XX viéndolas. Nunca se han sentado delante de la pantalla y han pensado que, a pesar de la ropa que llevan y la moqueta que pisan, la distancia que los separa de esos hombres desnudos y mujeres desnudas con los ojos brillantes que entrechocaron dos barras de hierro y oyeron, entre ese estrépito, una muestra de la música de Mozart, no es tan grande.

En estos casos, las barras, naturalmente, están forjadas y cubiertas con una acumulación enorme de materias extrañas, que llega a hacer dificilísimo oír todo con claridad. Todo es griterío, una multitud y caos. Estamos asomados y asomadas al borde de una caldera, donde parece que hierven a fuego lento trozos con diferentes formas y sabores y, de vez en cuando, surge alguna forma enorme y tenemos la impresión de que se está a punto de abandonar el caos. El arte del cine todavía puede parecer simple a primera vista. Está el rey dando la mano a un equipo de fútbol, está el yate de Sir Thomas Lipton, está Jack Horner ganando la competición ecuestre Grand National. El ojo lo absorbe todo inmediatamente y el cerebro, que recibe unas cosquillas muy agradables, se acomoda para mirar lo que sucede sin tener que esforzarse en pensar. Para el ojo común, el ojo inglés sin sentido de la estética es simplemente un mecanismo sencillo que se ocupa de que una no se caiga en las carboneras [2] y le da al cerebro juguetes y golosinas para que esté tranquila, y del que se puede tener la seguridad de que se comportará como una niñera competente hasta que el cerebro llegue a la conclusión de que es hora de despertarse. Entonces, ¿cuál es el objetivo de que te despierten abruptamente cuando se está en una agradable somnolencia y te piden ayuda? El ojo tiene problemas. El ojo necesita ayuda. El ojo le dice al cerebro: "Pasa algo que no entiendo lo más mínimo. Te necesito". Contemplan juntos al rey, el yate, el caballo, y el cerebro en seguida ve que la calidad con la que se han captado las imágenes tiene unas cualidades que no son las de una simple fotografía del mundo real.

No se trata de que sean más bellas en el sentido que las imágenes son bellas, pero ¿podríamos decir que (nuestro vocabulario, por desgracia, es limitado) son más reales o reales en una realidad diferente que la que percibimos en nuestra vida cotidiana? Las vemos tal como son cuando no estamos allí. Vemos la vida tal como es cuando no formamos parte de ella. Mientras lo contemplamos es como si nos alejáramos de la sordidez de nuestra existencia real. El caballo no nos tirará al suelo. El rey no nos dará la mano. La ola no nos mojará los pies. Desde este mirador privilegiado, mientras vemos las travesuras de nuestros y nuestras pares, tenemos tiempo para compadecernos y divertirnos, generalizar, asignar a una persona los rasgos de una raza. Cuando vemos el barco navegar y las olas que rompen, tenemos tiempo para abrir nuestras mentes a la belleza y, además, tener la extraña sensación de que la belleza permanecerá y de que esta belleza florecerá, independientemente de si la contemplamos o no. Además, nos dicen que esto pasó hace diez años. Contemplamos un mundo sumergido bajo las olas. Las novias salen del convento —ahora son madres, los porteros están entusiasmados— y ahora están en silencio; las madres lloran; los invitados están contentos y las invitadas están contentas; se ha ganado esto y se ha perdido aquello, y todo ha terminado. La guerra abrió un abismo bajo esta inocencia e ignorancia, pero fue así como bailamos, hicimos piruetas, trabajamos y deseamos. Fue así como brilló el sol y las nubes se movieron rápidamente, hasta el final.

Pero los directores y las directoras no parecen satisfechos y satisfechas con elementos con un interés tan evidente como el paso del tiempo o evocar la realidad. Menosprecian el vuelo de las gaviotas, los barcos del Támesis, al Príncipe de Gales, Mile End Road y Picadilly Circus. Quieren mejorar, alterar, crear su propio arte, como es natural, ya que parece que lo tienen todo al alcance de la mano. Parecía que había muchas disciplinas que les podían prestar ayuda. La literatura, por ejemplo. Todas las novelas famosas del mundo, con personajes conocidos y escenas célebres sólo esperaban, por lo que parece, a que las adaptasen al cine. ¿Podría haber algo más sencillo y simple? El cine la embistió ferozmente y, en gran manera, sigue alimentándose del cuerpo de su desafortunada víctima. Pero los resultados son desastrosos para ambas partes. Es una alianza contra natura. El ojo y el cerebro se desgarran sin piedad mientras intentan en vano trabajar juntos. El ojo dice: "Mira, Ana Karenina". Una señora voluptuosa con un vestido de terciopelo negro y perlas aparece delante de nosotros y nosotras. Pero el cerebro dice: "Podría ser tanto Ana Karenina como la reina Victoria", porque el cerebro sabe prácticamente todo sobre Ana: su encanto, pasión y desesperación. El cine pone todo el énfasis en sus dientes, sus perlas y su terciopelo. Y entonces Ana se enamora de Vronski, es decir, la señora del terciopelo negro cae en los brazos de un caballero en uniforme y se besan con muchísima sensualidad, minuciosamente y gesticulando exageradamente en el sofá de una biblioteca muy bien provista mientras, por casualidad, un jardinero corta el césped. Así avanzamos, a trompicones y atropelladamente por una de las novelas más famosas del mundo. Así las deletreamos en palabras de una sílaba escritas por un estudiante analfabeto o una estudiante analfabeta. Un beso es amor. Una taza rota son celos. Una sonrisa es felicidad. La muerte es una carroza fúnebre. Nada de esto tiene la menor relación con la novela que Tolstói escribió, y es sólo cuando dejamos de intentar conectar a las imágenes con el libro que podemos intuir a partir de alguna escena fortuita, como la del jardinero cortando el césped, lo que el cine podría hacer con sus propios recursos.

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