Alice Rohrwacher — La cineasta de las maravillas
“El cine es una manera de viajar en el tiempo”
Alice Rohrwacher llegó a Barcelona para recoger el premio que el Festival D’A le otorgaba en reconocimiento a toda su trayectoria y para presentar su última película, la extraordinaria La quimera. Hablamos con la cineasta italiana sobre viajes en el tiempo, su particular uso del montaje, sus intérpretes y qué es, realmente, una “película de verdad”.
Con sólo cuatro largometrajes de ficción (Corpo celeste, El país de las maravillas, Lazzaro feliz y La quimera), la italiana Alice Rohrwacher (Toscana, 1981) se ha convertido en uno de los nombres más prestigiosos del cine de autor contemporáneo. Creadora de una obra absolutamente personal, que bascula entre diversas dimensiones temporales y existenciales, Rohrwacher hace un cine tan lírico y evocador como irreductiblemente político, que no deja pasar la oportunidad de desvelar la voracidad del capitalismo o el expolio sistemático llevado a cabo por las clases privilegiadas.
La quimera, su última película, que compitió en la sección oficial del pasado Festival de Cannes, imbrica pasado y presente, el mundo de los vivos con el de los muertos, y el drama individual con el colectivo, a través de la historia de Arthur (Josh O’Connor), un joven británico en melancólico proceso de duelo que tiene un don (una “quimera”) para detectar la localización de antiguas tumbas etruscas, y que se convierte en el reticente líder de una banda de pícaros tombaroli (ladrones de tumbas) en la Italia de los ochenta. Apoyada por dos de sus colaboradoras habituales –Hélène Louvart en la dirección de fotografía y Nelly Quettier (habitual de Claire Denis y Leos Carax) en el montaje–, y con un elenco que cuenta entre sus filas a Isabella Rossellini, Rohrwacher construye un hermosísimo cuento, a la vez atemporal y muy contemporáneo, en el que mito y realidad confluyen.
Una crítica reciente de La quimera en un medio norteamericano te definía como una “time-traveller”, o una viajera en el tiempo. ¿Te sientes identificada con ese apelativo?
Me encanta esa idea de viajar en el tiempo, y en cierto modo siempre lo he hecho. Vivo cerca de un volcán y eso implica un constante viaje temporal: al coger un artefacto antiguo de cerámica, o una simple piedra, repleta de líneas y de estratos de distintas épocas, te das cuenta de que un único objeto, una única cosa, puede concentrar infinidad de tiempos diferentes. En la zona arqueológica en la que vivo he tenido la oportunidad de plantearme este tipo de cuestiones, de entrar en contacto con todas estas vidas que han existido antes que yo y las vidas que imagino que vendrán después de mí. El cine es, además, por excelencia, una manera de viajar en el tiempo.
Es cierto que tus películas, sobre todo las dos últimas, Lazzaro feliz y La quimera, establecen conexiones más o menos directas entre épocas, entre pasado y presente.
Tanto Lazzaro feliz como La quimera contienen, ciertamente, viajes temporales, pero son un poco distintos entre sí. Mientras que el de Lazzaro feliz es un viaje quizás más horizontal, con un antes y un después más claro, el de La quimera lo podríamos definir como vertical: no hay un antes y un después, sino un arriba y un abajo que conecta el presente con el pasado. En relación con esta conexión entre épocas, la presencia de los pájaros en la película es muy importante: para los etruscos, los pájaros eran animales que conocían ya el destino, que podían predecirlo.
En esa relación entre dimensiones distintas (pasado y presente, realidad e imaginación, sueño y vigilia, el mundo de los vivos y el de los muertos) que constituye gran parte de tu obra, cobra una importancia esencial el montaje. ¿Cuál es tu visión de esa parte del proceso de creación de una película?
El montaje es una parte muy importante de mi proceso creativo. Una película se escribe en diversos momentos: en esa soledad de una misma ante la página, en el momento de seleccionar a los actores, de elegir las localizaciones, en el instante del rodaje… Y la última de todas estas fases distintas de escritura de la película es el montaje que, para mí, es la última oportunidad que tienes para acabar de escribir el libro. En relación a este asunto de la escritura, tengo que decir que a mí me gusta más escribir a mano que hacerlo en el ordenador; me gusta que se perciba la huella que dejas al escribir. Y me gusta hacer algo similar con el montaje, me gusta que se note, que no sea invisible. Puedes optar por un montaje visible o por uno invisible, y a mí me interesa que se vea, que se evidencie, que tenga su propia personalidad e incluso que se transforme en un personaje más de la película. Este tono lúdico y juguetón del montaje es algo que comparto absolutamente con Nelly Quettier, la montadora de Lazzaro feliz y La quimera.
De Corpo celeste a La quimera, parece que tu cine es cada vez más popular, pero siempre vuelves a la Italia rural como localización ideal para contar tus historias, ¿qué es lo que te atrae de esos paisajes y de esos personajes?
Empezaré la respuesta a esta pregunta con una broma: más qué películas populares, creo que lo que hago son películas muy pobladas. Me siento tan a gusto con las personas con las que trabajo, muchas de las cuales son mis vecinos, la gente de la zona en la que vivo, que me resulta difícil abandonarles, así que voy añadiendo cada vez a más personas al grupo. Creo que en mi próximo filme habrá como cien protagonistas, ¡porque no soy capaz de decir que no! De todos modos, otra posible respuesta para esta pregunta es que, a mis vecinos, a la gente que conozco, les encanta participar en el rodaje de estas películas; dicen que, al menos, es mejor que hacer el servicio militar. Pero, en el fondo, no acaban de entenderlas, por lo que les sabe bastante mal y les doy un poco de pena por hacer estas películas tan extrañas. Uno de ellos, que aparece en todas las películas que he hecho y que ha venido conmigo al Festival de Cannes, cuando sale de la proyección, tras verla por primera vez, siempre hace lo mismo: sacude la cabeza y me pregunta: “¿Cuándo vas a hacer una película de verdad?”. Y esto sucede porque aún existe este concepto de lo que es una película “de verdad” y qué no lo es. Lo que a mí me gustaría es romper ese efecto de hipnosis de las supuestas “películas de verdad”, que para mí no son aquellas películas que consiguen que te olvides de todo, sino aquellas que, al contrario, te hacen recordar. El día que consiga este objetivo, tal vez me iré a filmar a otro lugar.
En ese mundo poblado por tus vecinos y conocidos, repleto de actores no profesionales, ¿cómo se te ocurrió incluir a una estrella internacional como Josh O’Connor? ¿Cómo fue el proceso de casting?
Un día, hace ya bastante tiempo, llegó una carta de Josh O’Connor a casa de mis padres, porque estaba intentando contactarme. Mi padre es apicultor, vende miel, así que su dirección es pública. Vivo en una zona rural de Italia y, según Josh, llevaba mucho tiempo intentando dar conmigo; me dijo que había estado preguntando a diversas personas de la industria cómo contactarme y que le decían que nadie sabía dónde estaba, lo cual es raro porque no me he movido de donde vivo, ¡por lo que no veo que fuera tan complicado encontrarme! Cuando conocí a Josh, estaba ya escribiendo La quimera, pero yo me había imaginado a Arthur como una persona de alrededor de 60 años, un hombre maduro. Alguien con esa desconfianza hacia el futuro, con tanto dolor, no me lo imaginaba como una persona joven; me parecía que alguien tan obsesionado con el pasado debía ser un hombre mayor. Pero entonces conocí a Josh y, a pesar de su juventud, vi que tenía una cualidad atemporal, que podríamos definir como antigua, y vi al momento que podría encajar perfectamente como Arthur. En cuanto al proceso de casting, es lo más parecido a un enamoramiento, es algo difícil de explicar. Muchas veces no entiendes qué hace que te enamores de una persona y no de otra, y con la elección de los actores pasa algo similar: a veces te enamoras de un actor porque te recuerda a algo que ni tú misma sabes qué es, detrás de esa decisión concreta está el recuerdo de una película que todavía ni siquiera existe. Y estas decisiones suelen ser instintivas, en absoluto programadas. Un ejemplo de ello es la elección de Carol Duarte para encarnar al personaje de Italia. Habíamos estado durante bastante tiempo buscando a la actriz que hiciera de Italia, habíamos hecho castings, nos habíamos reunido con varias actrices, etc. Y, en un momento, me acordé de Carol, a la que había visto en la película brasileña La vida invisible de Eurídice Gusmão. Quedamos para encontrarnos por Skype y, después de tan solo siete minutos de conversación, le dije: “Carol, ¿puedes venir mañana a Italia?”. No sé explicar cómo surgió esta sensación de que solo ella podía hacerlo. No le habíamos hecho ninguna prueba de casting, fue simplemente una iluminación, algo instintivo, y estoy contentísima de que esté en la película.
De hecho, tiene una fisicidad un tanto cómica que me recuerda a algunos de los personajes de Giulietta Massina en las películas que hizo con Fellini…
(riendo) ¡Ah, sí! ¡Parece que está siempre a punto de caerse!